La playa parece ser uno de los afrodisíacos más utilizados en las estrategias de venta de todo tipo de paquetes vacacionales; en las novelas (en las malas, principalmente), y en todo tipo de productos culturales malos de los 80's en adelante (no se me viene a la cabeza nada ahora, pero estoy segura de esto).
Sin embargo, ¿es realmente así? ¿Es el mar, la playa, ese lugar arquetípico donde reside el amor?
En mi experiencia personal, puedo asociar algunos romances a esta geografía.
Pero romance no es amor. Entendámoslo de una vez.
Puedo asociar, sin embargo, otras felicidades: ver a mi abuela con sus más de 80 años acercarse al mar después de varios años, pasito a pasito, hace no mucho. El viaje de egresados con mis compañeros de la secundaria, una de las vacaciones más extrañas (por lo normales) y felices de mi vida; jugar a la pelota-paleta con una gran amiga que perdí, jugar hasta literalmente romper las pelotas. Cosas así.
Sin embargo, en mi experiencia, la mayoría de esa infinitud de las playas y sus mares desbordados de horizonte me remiten a grandes soledades o grandes amarguras: el hastío y el frío de un día de abril, la traición de un amor que cuidé tanto, y que fue mentira, al final; la pérdida de alguien querido. La soledad.
Si tengo que pensarme de alguna manera ante ese paisaje, es personificando al monje del cuadro de Friedrich. ¿Lo ubican? Algo como eso entonces.
Vivo en una zona de playa, y a pesar de ser la envidia de muchos de mis amigos, casi no voy. ¿Por qué? Si lo tengo que interpretar, creo que es porque -simplemente- la playa me pone demasiado triste.
Supongo que, así como una vez entendí que las personas son lugares - los lugares también pueden ser personas.
¿Podré algún día volver a vivir en una zona de playa, sin estar tan triste? ¿Podré volver a ser feliz en la playa? Eso espero. El mar me gusta tanto, pero tanto, que esperaré con ansias ese momento. Mientras tanto, en la medida en que siga acá, tal vez siga siendo como el monje en el cuadro de Friedrich. Pero - eso sí- siempre mirando al horizonte, a ver qué trae para mí.
Cuando me enamoré por última vez, pensé que eso era todo.Tendría una vida maravillosa, porque ya estaba acompañada de la persona indicada. Ningún desafío sería insuperable, porque estábamos juntos. Al fin mi corazón descansaba sobre algo seguro.
En el proceso de cuidar ese amor, de atesorarlo, y de no perderlo, sin embargo, algo esencial se lastimó. Es extraño lo que sucede a veces, por querer ser dos dejás de ser uno, y al final no sos ni uno ni dos, quedás como varado haciendo equilibrio sobre la cuerda floja, como un malabarista, en una posición muy frágil entre vos y el otro, y los dos. Finalmente, esa herida se ensanchó hasta ser demasiado evidente, demasiado sangrante y purulenta para ignorarla. Entonces, esa vida maravillosa que tendría en algún momento, que igualmente no estaba teniendo; llamémosle ese proyecto de vida maravillosa, se fue al tacho.
Pasada una serie de procesos sumamente dolorosos, para empezar asumir que el otro no estaba acá desde mucho tiempo antes de que todo estallara, asumir la responsabilidad del deterioro y también asumir que no todo fue mi culpa, fue y es duro - todos los días. Más duro, más triste y más desgarrador, es esto: él simplemente no te quiere.
El fin del amor es una idea tan abstracta y tan desoladora, que creo que al menos yo simplemente voy a dejar que el tiempo haga ese trabajo por mí.
Ahora, volviendo al principio: tal vez el sueño, el deseo, de tener una vida maravillosa sí es algo vivo. Si no, ¿qué tiene sentido en esta vida? Tal vez el error es pensar que la maravillosidad en tu vida va a pasar necesariamente por estar con un otro, que en definitiva puede tener otros planes, y está en su derecho. La pregunta es: ¿cuál es tu idea de tu vida maravillosa?
Recalcular, parece que es algo que no compete sólo al GPS. Estos días me miré de verdad, y me di cuenta de que quiero esa vida que me prometí tener - más que nada y más que nunca. Incluso más que tu amor, ¿sabés? Y lo voy a lograr, por mi cuenta.
Cuando era chica fantaseaba (qué niña no) con ser una sirena. Una vez, en un viaje de pesca que hicimos con mi familia, accidentalmente me caí al agua. Tenía unos 8 años, hacía frío. En esa oscuridad y en esa profundidad y en esa incertidumbre, sentí que estaba donde tenía que estar. Me sentí cómoda, abrazada por el frío del agua, envuelta en la ropa y la corriente. "Esta es mi casa", pensé, "acá pertenezco". Pero en realidad, me estaba ahogando. Dos brazos fuertes me jalaron de esa profundidad. Así comprobé que no, al final no era una sirena.
Las sirenas son seres mitológicos muy antiguos, mitad doncella, mitad pez. Aparentemente, su misión en la vida es engañar a los navegantes con su belleza y la dulzura de su canto, para hundirlos en las profundidades del mar. Nunca muestran su cola, su verdadera y completa naturaleza.
Con el tiempo y las cosas, comprobé también, que no sólo no soy una sirena, sino que no quiero serlo. Y - qué bueno que no lo soy.
"Si en pez acabase lo que es una hermosa mujer por encima,