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Vincent Van Gogh - "Par de botas". 1886. |
Ayer, en un curso de correlatos entre Pintura y Filosofía que
estoy tomando, salió el tema, general por lo demás, del arte contemporáneo.
Para poner en contexto, se estaba analizando una pintura de zapatos de Van Gogh,
la cual ha sido objeto de una “pelea” entre Heidegger y Schapiro (o más bien de
un ataque de Schapiro hacia Heidegger), y en ese momento lo que veíamos era cómo
Derrida toma este “debate” y abre el juego de la deconstrucción a partir de esa
obra. La profesora tuvo la idea de, a continuación, mostrarnos una serie de
obras contemporáneas que tienen como modelo a los zapatos, lo que decantó, en
última instancia, en llegar a la “obra” de Carlos Herrera, “Autorretrato sobre
mi muerte”, ganadora del Premio Petrobrás 2011.
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Carlos Herrera - "Autorretrato sobre mi muerte". 2011. |
Ante la imagen de esta puesta en escena, se abrió la
conversación, esperablemente polémica. Vale decir que como artista, me
encuentro como una presencia un tanto exógena en este grupo humano que compone
el curso; la mayoría de la gente que asiste es mucho mayor que yo y su interés
en el arte pasa más bien por la historia del arte y la reflexión teórica
aficionada. Es interesante entonces, ver cuál es la percepción de un público
que no se vincula con la institución Arte desde el lugar de un profesional, y
que a su vez no es un “inexperto” o “ignorante” del arte.
La obra de Herrera causa, según mi tanteo, emociones que van
desde el asco hasta la risa, pasando por la indignación. Mis compañeros se
preguntan entonces, como nos preguntamos todos en algún momento (y de vez en
cuando nos re-preguntamos), de qué depende lo que se designa como “arte”.
La ficha que a uno más o menos le termina cayendo en algún
momento, es la de la cruda verdad: la producción artística se sostiene en el
tiempo gracias a un sistema de legitimación, difusión y circulación, que
responde a intereses principalmente económicos. La producción cultural decanta,
en el mejor de los casos, en significados profundos de orden ontológico, que
sostienen o cambian cierta visión de la realidad y principalmente el gusto;
pero como se dice más lisa y llanamente: lo que hace girar al mundo (en este
caso, al mundo del arte) es el dinero.
¿Qué pasa con los artistas cuando se encuentran con esta
realidad? ¿Y con el resto de la gente? ¿El arte contemporáneo nos tiene que
gustar? ¿Y si no nos gusta en general, o no nos interesa, estamos “afuera”? ¿Está
mal que no nos guste?
Estas cosas, y otras por el estilo, me las pregunté muchas veces. Son preguntas
que considero válidas para cualquiera que desee hacer del arte una profesión. Y
mi respuesta terminó siendo: en primer lugar, conocer no es equivalente a aceptar
ni a desarrollar el gusto por lo que se conoce; pero conocer es necesario. En
segundo lugar, si mi interés en el arte reside en una necesidad profunda de
hacer, desde el contacto con el material y la técnica, y al margen de toda
teorización este es el principio y el fin de la razón por la cual yo produzco, el ingreso a un sistema de
legitimación de mi obra (sistema que por lo demás es arbitrario y móvil), que
se mueve de acuerdo a un principio económico, está más allá de mí, es azaroso,
y en definitiva es totalmente secundario a mi interés y necesidad inicial/final.
Considero que en un momento en el que el arte transita (o
cae, porque a veces pareciera que cae) por tantos rumbos diversos, momento que
a veces es realmente imposible de interpretar o de llegar a comprender, momento
en que los mismos artistas están/estamos preguntándonos qué hacer, cómo hacer, es imperativo ante todo pensar en el por qué hacemos lo que hacemos, y una vez que encontramos esa razón
profunda, seguirla con convicción, sin importar adónde nos lleve.
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