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domingo, 9 de agosto de 2015
lunes, 20 de julio de 2015
jueves, 14 de mayo de 2015
Sal (II)
La playa parece ser uno de los afrodisíacos más utilizados en las estrategias de venta de todo tipo de paquetes vacacionales; en las novelas (en las malas, principalmente), y en todo tipo de productos culturales malos de los 80's en adelante (no se me viene a la cabeza nada ahora, pero estoy segura de esto).
Sin embargo, ¿es realmente así? ¿Es el mar, la playa, ese lugar arquetípico donde reside el amor?
En mi experiencia personal, puedo asociar algunos romances a esta geografía.
Pero romance no es amor. Entendámoslo de una vez.
Puedo asociar, sin embargo, otras felicidades: ver a mi abuela con sus más de 80 años acercarse al mar después de varios años, pasito a pasito, hace no mucho. El viaje de egresados con mis compañeros de la secundaria, una de las vacaciones más extrañas (por lo normales) y felices de mi vida; jugar a la pelota-paleta con una gran amiga que perdí, jugar hasta literalmente romper las pelotas. Cosas así.
Sin embargo, en mi experiencia, la mayoría de esa infinitud de las playas y sus mares desbordados de horizonte me remiten a grandes soledades o grandes amarguras: el hastío y el frío de un día de abril, la traición de un amor que cuidé tanto, y que fue mentira, al final; la pérdida de alguien querido. La soledad.
Si tengo que pensarme de alguna manera ante ese paisaje, es personificando al monje del cuadro de Friedrich. ¿Lo ubican? Algo como eso entonces.
Vivo en una zona de playa, y a pesar de ser la envidia de muchos de mis amigos, casi no voy. ¿Por qué? Si lo tengo que interpretar, creo que es porque -simplemente- la playa me pone demasiado triste.
Supongo que, así como una vez entendí que las personas son lugares - los lugares también pueden ser personas.
¿Podré algún día volver a vivir en una zona de playa, sin estar tan triste? ¿Podré volver a ser feliz en la playa? Eso espero. El mar me gusta tanto, pero tanto, que esperaré con ansias ese momento. Mientras tanto, en la medida en que siga acá, tal vez siga siendo como el monje en el cuadro de Friedrich. Pero - eso sí- siempre mirando al horizonte, a ver qué trae para mí.
jueves, 19 de marzo de 2015
Una vida maravillosa
Cuando me enamoré por última vez, pensé que eso era todo.Tendría una vida maravillosa, porque ya estaba acompañada de la persona indicada. Ningún desafío sería insuperable, porque estábamos juntos. Al fin mi corazón descansaba sobre algo seguro.
En el proceso de cuidar ese amor, de atesorarlo, y de no perderlo, sin embargo, algo esencial se lastimó. Es extraño lo que sucede a veces, por querer ser dos dejás de ser uno, y al final no sos ni uno ni dos, quedás como varado haciendo equilibrio sobre la cuerda floja, como un malabarista, en una posición muy frágil entre vos y el otro, y los dos. Finalmente, esa herida se ensanchó hasta ser demasiado evidente, demasiado sangrante y purulenta para ignorarla. Entonces, esa vida maravillosa que tendría en algún momento, que igualmente no estaba teniendo; llamémosle ese proyecto de vida maravillosa, se fue al tacho.
Pasada una serie de procesos sumamente dolorosos, para empezar asumir que el otro no estaba acá desde mucho tiempo antes de que todo estallara, asumir la responsabilidad del deterioro y también asumir que no todo fue mi culpa, fue y es duro - todos los días. Más duro, más triste y más desgarrador, es esto: él simplemente no te quiere.
El fin del amor es una idea tan abstracta y tan desoladora, que creo que al menos yo simplemente voy a dejar que el tiempo haga ese trabajo por mí.
Ahora, volviendo al principio: tal vez el sueño, el deseo, de tener una vida maravillosa sí es algo vivo. Si no, ¿qué tiene sentido en esta vida? Tal vez el error es pensar que la maravillosidad en tu vida va a pasar necesariamente por estar con un otro, que en definitiva puede tener otros planes, y está en su derecho. La pregunta es: ¿cuál es tu idea de tu vida maravillosa?
Recalcular, parece que es algo que no compete sólo al GPS. Estos días me miré de verdad, y me di cuenta de que quiero esa vida que me prometí tener - más que nada y más que nunca. Incluso más que tu amor, ¿sabés? Y lo voy a lograr, por mi cuenta.
domingo, 15 de marzo de 2015
Yo no soy una sirena
Me encanta el agua, siempre fue así.
Cuando era chica fantaseaba (qué niña no) con ser una sirena. Una vez, en un viaje de pesca que hicimos con mi familia, accidentalmente me caí al agua. Tenía unos 8 años, hacía frío. En esa oscuridad y en esa profundidad y en esa incertidumbre, sentí que estaba donde tenía que estar. Me sentí cómoda, abrazada por el frío del agua, envuelta en la ropa y la corriente. "Esta es mi casa", pensé, "acá pertenezco". Pero en realidad, me estaba ahogando. Dos brazos fuertes me jalaron de esa profundidad. Así comprobé que no, al final no era una sirena.
Las sirenas son seres mitológicos muy antiguos, mitad doncella, mitad pez. Aparentemente, su misión en la vida es engañar a los navegantes con su belleza y la dulzura de su canto, para hundirlos en las profundidades del mar. Nunca muestran su cola, su verdadera y completa naturaleza.
Con el tiempo y las cosas, comprobé también, que no sólo no soy una sirena, sino que no quiero serlo. Y - qué bueno que no lo soy.
"Si en pez acabase lo que es una hermosa mujer por encima,
¿aguantaríais la risa al verlo, camaradas?"
Horacio - Siglo I A.C.
viernes, 12 de julio de 2013
sábado, 22 de junio de 2013
Siempre de paso
Desperté y no reconocí donde estaba.
Por un instante, sentí miedo. Un miedo helado y blanco.
Como suele pasarme, pronto recordé: estoy acá, por esta razón, hace este tiempo. Entonces sobrevino el alivio del reconocimiento.
Así me despierto cada tanto, en algún lugar.
Hoy miré el mar y me pregunté, por cuánto tiempo más seguiré despertanto de esta manera, en lugares que no me son propios más que por una fracción de tiempo; cuánto - hasta encontrar mi lugar.
El mar desconoce la respuesta a este interrogante.
El mar - y yo.
viernes, 30 de noviembre de 2012
Aurora y el afecto
Revisando una lata en mi ex
taller, una de entre muchas latas, cajas, frascos, y otro tipo de objetos
contenedores que tengo, encontré hace unos meses una pluma fuente. La visión me
entusiasmó mucho, la guardé en la cartera y unos días después, ya en mi casa,
decidí limpiarla.
La tarea me llevó más tiempo,
cantidad de lavados y utensilios de los que pensé pero, finalmente, luego de
unas dos horas de intentar un poco sin suerte, logré desenroscar el cuerpo de
la punta.
Aurora (por la marca italiana de
estilográficas Aurora - modelo 88P) no es una pluma cualquiera. Eso lo descubrí
en ese momento. Su sistema de carga es directo, sin cartucho. La tinta se
regula por medio de un dispositivo a rosca que tiene en el extremo opuesto a la
punta. Cuando éste se rosca, la pluma expide burbujas de aire por un agujero
milimétrico que tiene en la panza. Y como esas cosas, Aurora tiene otros trucos
y secretos.
Me emocionó la presencia de este
objeto extraño y antiguo en mi vida.
Investigué un poco en internet. Divagué acerca de su origen y su historia.
Fantasée con un pasado foráneo, de viajes y aventuras interoceánicas, para
llegar finalmente a mis manos.
La llené de tinta roja. No sé porqué; no lo
pensé. Me propuse probarla, y terminé dibujando a mano alzada, algo. Entonces surgió en mí la idea de
dibujar con Aurora, de dibujar porque sí, de dibujar sin boceto, simplemente
para disfrutar del placer de dibujar. No pensé específicamente en dibujar con
tinta roja; de alguna manera no contemplé que hubiera otra posibilidad.
Y así surgieron una serie de
dibujos, una serie rara, porque lo único que tienen en común estos dibujos es
que fueron hechos con la misma herramienta y la misma impronta.
Amo a estos dibujos. Algunos son
mejores que otros, más interesantes. Pero yo rememoro el momento de estar haciéndolos,
y los quiero a todos. Todos fueron importantes.
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| "Noche" |
Hace un tiempo, recibí en mi casa
la visita de una querida amiga, curadora, con quien compartimos delirios varios
acerca del arte y de la vida, y le mostré las últimas cosas que había estado
haciendo. Le conté la historia de Aurora. Y ella, con esa visión desde otro
lugar que tienen algunas personas lúcidas de algunos temas, me hizo notar que
la historia de Aurora, de los dibujos hechos con ella, era la historia del
afecto que despertó en mí ese objeto en particular. Y eso me dejó pensando un
largo, largo tiempo.
Y entonces entendí que no sólo
somos las cosas de las que nos rodeamos. Entendí que esas mismas cosas no son simplemente
un reflejo de nosotros, sino que existe una relación dinámica entre ellas y
nosotros. Las cosas de las que nos rodeamos nos pueden transformar.
Aurora llegó a mí en un momento
muy extraño, en el que me estaba costando todo. Llegó y despertó algo en mí. Y
su presencia me modificó. Hoy descansa en un frasco que contiene cosas muy
selectas y queridas por mí, limpia y cuidada; a fin de cuentas, amada.
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| "Mundo" |
jueves, 29 de noviembre de 2012
G.
“Como tú, deseé tener una memoria inconsolable, una memoria de sombras
y de piedra.”
M. Duras, Hiroshima mon amour.
Cuando G. se fue, mucha gente lo tomó bastante mal.
Muchos quedaron muy sorprendidos.
Muchos corrieron al doctor,
interpretando su partida como una llamada de atención al cuidado de la salud.
Algunos otros inventaron un
relato con cortes místicos y trascendentales, haciendo de la muerte una especie
de apoteosis de un aprendizaje que cada uno debe transitar, etc. etc.
A algunos, capaz los menos - entre ellos yo -
nos quedó solamente el Dolor.
El dolor, como escribió Duras,
necesita espacio. Y el espacio del dolor es de tiempo y soledad.
Eventualmente, uno reanuda ese
ritual de darle sentido a las cosas, a pesar de que la realidad se siente
devaluada con este tipo de pérdidas, inexplicables e injustas. Eventualmente, también, y a la larga,
después de un tiempo, comenzamos a olvidar.
Está dicho que la memoria es ese
doble movimiento de recordar y olvidar. De alguna manera, los recuerdos son
ediciones un poco arbitrarias de nuestro pasado. Yo de G. recuerdo algunas cosas,
muchas otras olvidé. Su recuerdo pasó por muchos estadios, hasta llegar
finalmente a una afirmación muy simple: G. era mi amigo, y yo lo amaba.
Lo que sentí, con el paso del
tiempo, es que capaz lo más trascendental de las personas que nos rodean,
cuando ya no están, no es lo que recordamos u olvidamos de ellas, sino la
huella del amor y de la compañía que dejan en nosotros.
Cuando pienso en G., lo hago con
una sonrisa de agradecimiento.
Para quienes no lo conocían, abajo les dejo un video que hizo la
hermana de G. con fragmentos de otros videos. Si prestan atención, estamos en
un momento los dos tirándonos un paso (yo tenía corte carré, nada que ver. ¡Oh,
adolescencia!).
martes, 20 de noviembre de 2012
La alegría de las tipas
Hace un tiempo, que medido en años interiores se podría
decir un largo tiempo, rozando el había una vez, un chico me llevó a andar en bici. Hacía poco que
tenía a la Negrita, una mountain hecha pelota pero de fierro, una bici fiel,
generosa. Hacía poco también que andaba en bici por las calles de Buenos Aires.
En ese paseo, tomamos por un tramo de la
colectora hacia el Norte, en donde llovían flores, literalmente.
Capaz lo imaginé; nunca descarto esa posibilidad. Pero en
esa tarde tranquila, anduvimos bajo una lluvia de flores amarillas; anduvimos felices.
Este chico me contó entonces que estos árboles se llamaban tipas, y nunca más lo olvidé.
Aprendí a andar en bici en la ciudad. He recorrido largas
distancias con la Negrita. A veces las calles han sido malas. Algunas veces me
caí; hace poco me rompí una calza y me insolé yendo a ver a Boltanski al Hotel
de Inmigrantes. Pero fui aprendiendo algunas cosas, conociendo los baches, entendiendo
los tiempos de los trayectos que he trazado, de a poco.
Ahora que ando muy suelta en bici y a veces me mando a ver a
una amiga en Chacarita, tomo por Av. Forest a la altura de La Pampa. Entonces
me encuentro con esa lluvia de flores de las tipas, nuevamente; sumándose a
esta alegría del presente de ellas están los jacarandaes, que con sus campanitas
lilas, y el sol, y el viento, forman una danza de la primavera mientras recorro
ese tramo inefablemente bello de esta gran ciudad.
Y pienso que el tiempo es generoso conmigo; que sin importar
cuánto ni qué tan fuerte me haya caído y me caiga todavía a veces de la bici, siempre
me ha regalado - y aún me regala - la alegría de las tipas. Y, así, se me llena
el corazón de flores.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Caminando en los zapatos del artista contemporáneo
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| Vincent Van Gogh - "Par de botas". 1886. |
Ayer, en un curso de correlatos entre Pintura y Filosofía que
estoy tomando, salió el tema, general por lo demás, del arte contemporáneo.
Para poner en contexto, se estaba analizando una pintura de zapatos de Van Gogh,
la cual ha sido objeto de una “pelea” entre Heidegger y Schapiro (o más bien de
un ataque de Schapiro hacia Heidegger), y en ese momento lo que veíamos era cómo
Derrida toma este “debate” y abre el juego de la deconstrucción a partir de esa
obra. La profesora tuvo la idea de, a continuación, mostrarnos una serie de
obras contemporáneas que tienen como modelo a los zapatos, lo que decantó, en
última instancia, en llegar a la “obra” de Carlos Herrera, “Autorretrato sobre
mi muerte”, ganadora del Premio Petrobrás 2011.
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| Carlos Herrera - "Autorretrato sobre mi muerte". 2011. |
Ante la imagen de esta puesta en escena, se abrió la
conversación, esperablemente polémica. Vale decir que como artista, me
encuentro como una presencia un tanto exógena en este grupo humano que compone
el curso; la mayoría de la gente que asiste es mucho mayor que yo y su interés
en el arte pasa más bien por la historia del arte y la reflexión teórica
aficionada. Es interesante entonces, ver cuál es la percepción de un público
que no se vincula con la institución Arte desde el lugar de un profesional, y
que a su vez no es un “inexperto” o “ignorante” del arte.
La obra de Herrera causa, según mi tanteo, emociones que van
desde el asco hasta la risa, pasando por la indignación. Mis compañeros se
preguntan entonces, como nos preguntamos todos en algún momento (y de vez en
cuando nos re-preguntamos), de qué depende lo que se designa como “arte”.
La ficha que a uno más o menos le termina cayendo en algún
momento, es la de la cruda verdad: la producción artística se sostiene en el
tiempo gracias a un sistema de legitimación, difusión y circulación, que
responde a intereses principalmente económicos. La producción cultural decanta,
en el mejor de los casos, en significados profundos de orden ontológico, que
sostienen o cambian cierta visión de la realidad y principalmente el gusto;
pero como se dice más lisa y llanamente: lo que hace girar al mundo (en este
caso, al mundo del arte) es el dinero.
¿Qué pasa con los artistas cuando se encuentran con esta
realidad? ¿Y con el resto de la gente? ¿El arte contemporáneo nos tiene que
gustar? ¿Y si no nos gusta en general, o no nos interesa, estamos “afuera”? ¿Está
mal que no nos guste?
Estas cosas, y otras por el estilo, me las pregunté muchas veces. Son preguntas
que considero válidas para cualquiera que desee hacer del arte una profesión. Y
mi respuesta terminó siendo: en primer lugar, conocer no es equivalente a aceptar
ni a desarrollar el gusto por lo que se conoce; pero conocer es necesario. En
segundo lugar, si mi interés en el arte reside en una necesidad profunda de
hacer, desde el contacto con el material y la técnica, y al margen de toda
teorización este es el principio y el fin de la razón por la cual yo produzco, el ingreso a un sistema de
legitimación de mi obra (sistema que por lo demás es arbitrario y móvil), que
se mueve de acuerdo a un principio económico, está más allá de mí, es azaroso,
y en definitiva es totalmente secundario a mi interés y necesidad inicial/final.
Considero que en un momento en el que el arte transita (o
cae, porque a veces pareciera que cae) por tantos rumbos diversos, momento que
a veces es realmente imposible de interpretar o de llegar a comprender, momento
en que los mismos artistas están/estamos preguntándonos qué hacer, cómo hacer, es imperativo ante todo pensar en el por qué hacemos lo que hacemos, y una vez que encontramos esa razón
profunda, seguirla con convicción, sin importar adónde nos lleve.
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